Un jardín a los pies de Monfragüe

Los propietarios deseaban un jardín de escaso mantenimiento y consumo de agua en torno a una nave agrícola reformada como vivienda temporal. Mediante un muro de pizarra se acotó un espacio para el jardín y una zona de estar protegida pero integrada en su entorno de dehesa. La propiedad sugirió el uso de plantas crasas como chumberas y pitas, más propias de climas desérticos, pero que en esta zona templada por el Tajo crecen espontáneamente. A estas plantas tan arquitectónicas se opone el suave contrapunto de las masas ligeras de esparto (Stipa tenuissima) y las manchas de milamores (Centranthus), que se autopropagan en todo hueco libre. Orejas de liebre (Stachys bizantina), alhelíes, clavelinas y lavandas forman parte también de este cortejo florístico. El resultado: un jardín donde los espacios que ocupa la vegetación no se ajustan a un patrón y evolucionan según las necesidades de las especies, un paisaje en movimiento en el que año a año se van abriendo y cerrando pequeños senderos entre las plantas.